-Los hombres -dije- nos quejamos con frecuencia de que son muchos más los días malos que los buenos, y me parece que casi nunca nos quejamos con razón. Si nuestro corazón estuviera siempre dispuesto para gozar de los bienes que Dios nos dispensa cada día, tendríamos bastante fuerza para soportar los males cuando se presentan.-El buen o mal humor, no obedece a nuestra voluntad -exclamó la mujer del cura-. ¡Cuántas cosas hay que dependen de cuerpo!... Todo nos fastidia cuando no estamos bien.Manifesté que pensaba lo mismo y añadí:-Consideremos ese fastidio como una enfermedad y veamos si hay manera de curarla.-Eso es hablar razonadamente -dijo Carlota-, y por mi parte, creo que podemos hacer mucho; hablo por experiencia. Cuando alguna cosa me mortifica y comienzo a ponerme triste, corro al jardín, me paseo tarareando algunas contradanzas y se acabó la pena.-Eso quería decir yo -repuse al instante-. Sucede con el mal humor lo que con la pereza. El mal humor es, efectivamente, una especie de pereza, a la cual propende nuestro cuerpo; pero si tenemos la fuerza suficiente para recobrarnos, el trabajo cunde y encontramos en la labor un verdadero placer.Federica estaba muy atenta; su novio me replicó que no siempre es el hombre dueño de sí mismo, y, sobre todo, que no hay medio de manejar los sentimientos.-Aquí se trata -respondí- de una sensación desagradable, de la que todo hombre desea desprenderse, y no podemos conocer la extensión de nuestras fuerzas si no las ponemos a prueba. El que está enfermo consulta con los médicos y nunca rechaza el tratamiento más penoso ni las medicinas más amargas, si cree recobrar la salud que desea.
Goethe, 'Werther'
